AFINIDADES FURTIVAS


Los laberintos del dolor
Por Lourdes Talavera

** Trémula, percibió un fino temblor en su brazo izquierdo. Sintió que se quedaba en blanco. El sudor recorría su delicada piel, una leve humareda le cegaba y sentía una profunda paz. Silvina aspiró una bocanada de aire y se dispuso a jalar sin prisa el dispositivo de la fortuna. La situación simulaba un juego de muñecas rusas, quizá por su característica repetitiva. Su jugada o movimiento estaba comenzando, la probabilidad había sido considerada, pero el posible desenlace se develaría al finalizar la partida. La pérdida o ganancia sucedería cuando todo se terminara; era tan sencillo como declarar un ganador o perdedor.

** Silvina Brandoni había participado del levantamiento de un cadáver sin identificación. Estaba en estado de descomposición, llamaba la atención el orificio de la bala sin salida en la cabeza. Unos pescadores lo encontraron en el río y denunciaron el hallazgo, sin demora. Entre periodistas, fotógrafos y policías se desarrolló la investigación, y concluyó que la víctima se había suicidado. La realidad no es precisamente interesante en el ámbito forense; el hecho se había dilucidado fortuitamente, y el azar fue el protagonista principal. Una situación similar sucedió una semana después, en las cercanías de una fábrica abandonada en la periferia de la ciudad. En la madrugada, un hombre que se dirigía a su lugar de trabajo tropezó con un cuerpo que yacía junto a un montículo de basura. Ella, acompañada de la comitiva investigadora, llegó hasta la calle donde estaba el yacente que ya había sido reconocido. Se trataba de un empresario que mediante justas electorales ocupaba una banca en el parlamento.

** El tercer caso aconteció en el transcurso del mes, se trataba de un joven y talentoso actor de teatro. En esa oportunidad, la obviedad de los acontecimientos planteó una sospecha y por dicho motivo se decidió profundizar la pesquisa para establecer la relación de los casos entre sí y la causa de las muertes. Silvina fue designada responsable; ella gozaba del respeto de superiores y subordinados, había egresado de la facultad de leyes con máximos honores y continuaba la trayectoria de su difunto padre.

** El equipo investigador había considerado que los tres lugares eran equidistantes y los cadáveres aparecieron en el tiempo, simétricamente, con un intervalo de una a dos semanas. Se consideró equivocadamente que se había dilucidado el problema de manera sencilla, atribuyendo los hechos al suicidio. Ahora, se cernía un manto de misterio sobre la investigación. Aquellos hombres tenían en común las visitas a una casa, en las afueras de la capital, y el tipo de lesión mortal; los investigadores consideraron eso como el resultado más relevante de las estratégicas observaciones y los interrogatorios a los que fueron sometidas diversas personas vinculadas a los fallecidos.

** Con frecuencia, llegaba a su casa y la sofocaba una infinita racionalidad, lo que le dificultaba reconocer sus emociones; a veces se desconocía y solamente deseaba sentarse en la alfombra y mirar las inmaculadas paredes de la habitación. Generalmente, la ventana entreabierta dejaba pasar la brisa tenue del anochecer; entonces flexionaba la cabeza, las tensiones se disipaban y se perdía en luminosos corredores que la llevaban a ninguna parte. Se cansaba y sus ojos solo veían sombras que venían a ella. No se resistía, su respiración se volvía entrecortada; la opresión en su pecho se tornaba insoportable.

** Gritaría, pero los sonidos se disolvían en su garganta. Deambulaba y recorría nuevamente el camino, tanteaba los muros que la detenían y sus fuerzas no eran suficientes para abatirlos, una y otra vez, hasta que percibía sus pies en el suelo. Miraba por todos lados y lo veía allí, con cada una de sus piezas donde correspondía, para mantenerse estático y equilibrado.

** Se trataba de un conjunto de espirales, una obra móvil que se erguía impasible sobre un mueble, en la sala de estar. Suspiraba y dejaba que los minutos se perdieran en las horas.

** Silvina, en algún momento, comprendió que estaba en conflicto entre sus tentaciones, inteligencia, perspicacia y voluntad. Temía ser desleal consigo misma. Pensaba que debería cuidarse de sus propias fábulas para no caer en una trampa. Tenía coraje, aunque le faltara la tranquilidad del alma por unos instantes; siempre conseguía el dominio de sí misma, sobre todo cuando ensanchaba aquel dédalo de cajas vacías de fósforos que había empezado a armar, siendo adolescente, cuan-do se descontrolaba. Tenía que estar perfectamente ordenado con cada uno de sus componentes en su emplazamiento, para conservar la estructura. Mirarlo en ese estado la llevaba inevitablemente a la sensación de bienestar. Tuvo la esperanza de que el tiempo pudiera borrar las huellas que se impregnaron a sus recuerdos. Contradictoriamente, ansiaba cualquier calamidad y experimentaba avidez, asombro, miedo, aunque luego se abandonaba a una escondida y desordenada alegría.

** Así, de esta manera, se ponía a salvo de sí misma. Cuando cometía una falta, ella encontraba la manera de expiarla, para luego dedicarse con silenciosa determinación a transgredir nuevamente las reglas convencionales. Podía tranquilizarse, su acción era inofensiva y no afectaba a terceros, tampoco nadie la descubriría; se sentía fatigada de muchas idas y venidas sin encontrar una salida. Los angostos caminos y el agotamiento la dejaban sin fuerzas como destellos de desánimo. Entonces pensaba que toda su existencia era un laberinto. Sentía un extrañamiento de sí misma, un vaciamiento de aquello que constituía su esencia. La envolvía un halo blanco que la mostraba transparente. El pavor la invadió.

** Un mediodía que asemejaba un atardecer, regresó del colegio; la casa desierta la recibió sin ruidos. Subió por la escalera y se detuvo ante el dormitorio de sus padres, en la puerta miró al interior: una única flor en una copa de cristal la saludó. La estancia tenía el raro resplandor de la luz que se reflejaba en el vidrio de las ventanas. Sintió un poco de frío y una repentina tristeza. Dio vueltas y se sentó en la cama, luego llamó: ¡Mamá! La encontró en el cuarto de baño, con los ojos cerrados, en un relajado sueño. Tenía el rostro apacible, pálido, y parecía una muñeca de nácar. Estaba recostada en la bañera, el agua roja como una rosa fulgurante, empezaba a resquebrajarse como si los pétalos se deshicieran con la brisa. Se sentó en el piso, al lado de su madre, y allí la encontraron al día siguiente cuando su padre regresó de viaje.

** Aunque le resultaba familiar el ambiente, esa noche impresionaba lúgubre; no había tomado en cuenta este detalle ni a las personas que acudían al casino clandestino. En un juego cada jugador asume ciertas reglas, y las jugadas están determinadas por la decisión personal o el destino; como en la ruleta rusa, cuando de cierta movida pende la vida de alguien. Sabía que sus cajas vacías de fósforos, en la casa, estaban en equilibrio y por eso se tenía confianza, acaso no perdiera, sea cual fuere el desenlace. Solamente la inquietaba que esa jodida gente la dejara a la vera de cualquier calle; sus párpados y los músculos de su cara y cuello estaban tensos. La suerte estaba echada. Cuando su dedo oprimió el gatillo del arma, sonó un seco chasquido que la obligó a abrir los ojos y depositarla sobre la mesa de juego, encima de las cartas. Miró a Bentos, y dijo al retirarse: Allanaremos este local, soy la fiscal encargada del procedimiento.

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